Fue a comienzos del 2004 cuando nació la idea de entrevistarla. En aquel tiempo, con Tomás, trabajábamos juntos en la producción de la revista Culturas. Él mismo había creado una sección que hacía foco en la etnografía: una rama esencial de la antropología social que permite comprender la complejidad interna que encierra cualquier sociedad o grupo humano. Habíamos decidido que dentro de esa sección tendrían lugar entrevistas en profundidad a personalidades, que por la grandeza de su obra, fuesen dignas de ser leídas.
Al mismo tiempo, desde hacía casi un año en Córdoba, el Equipo Argentino de Antropología Forense y especialistas del Museo de Antropología de la UNC, venían trabajando arduamente para determinar la identidad de más de cien cuerpos que habían sido inhumados de manera clandestina en una fosa común en el Cementerio San Vicente. Comenzaban así a identificarse cuerpos, a encontrarse pruebas, para darle un curso certero a distintas causas judiciales y mediante esa minuciosa labor, a reconstruirse historias de jóvenes, arrebatadas por la última dictadura militar, como la de Mario Osatinsky, Liliana Sofía Barrios y tantos otros.
El país comenzaba a dar signos de cambios.
En materia de Derechos Humanos diferentes medidas, de alguna u otra forma, comenzaban a arrojar luz y  a materializar párrafos enteros, expresados en aquel memorable discurso de asunción presidencial de Néstor Kirchner, cuando nos proponía a todos los argentinos el compromiso volver a tener un sueño.
En medio de ese contexto, la figura de Estela de Carlotto surgió con un consenso absoluto, para nutrir aquella modesta sección de la revista Culturas que finalmente se llamaría “El hombre, la vida”.
Viajamos con Tomás hasta Capital Federal. La secretaria de Estela nos había dado cita para la entrevista en la propia sede de Abuelas de Plaza de Mayo, ubicada por entonces en la calle Corrientes al 3284.
Nos habíamos preparado bastante para aquel encuentro. Pero llegado el momento, confieso que me ganó la emoción y la admiración que muy pocas personas logran despertarnos. No pude hacer otra cosa que guardar silencio y ser testigo de esta preciosa entrevista que Tomás Barceló Cuesta se dio el gusto de mantener con Estela de Carlotto a mediados de marzo del 2004.
Han pasado más de diez años de aquel encuentro.
Sin embargo las palabras de Estela, que hoy finalmente ha podido recuperar y abrazar a su nieto, se potencian con el ejemplo luminoso de su lucha perseverante, valiente y amorosa. Una tarea tan necesaria para el país como reparadora, sin venganzas ni odios. “Pero sí con una firme convicción de verdad, justicia y memoria”.

 

Éramos otra generación de idiotas útiles”

Por Tomás Barceló Cuesta

Hay en esta mujer algo que desde un primer momento revela su origen de clase media. Se aprecia en sus manos, donde lleva más de un anillo de plata, en las uñas bien cuidadas, en el sencillo collar que pende de su cuello. En su peinado y en la limpieza y prolijidad conque viste. Pero sobre todo cuando habla. Lo hacFotos de Estela Carlotto 2004e de una manera suave, pero firme, convencida siempre de lo que dice, con un lenguaje cuidadoso y equilibrado sostenido desde una buena educación. Cuando una la escucha, tiene la impresión de estar en presencia de una maestra que nos imparte una lección. Esas maestras de antaño -observadoras y cumplidoras fieles de los métodos pedagógicos- que ya no existen, o se han jubilado, desplazadas por un mundo más feroz, mal hablado y desordenado.
Estela Carlotto es la Presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo. Se dice fácil. Pero si se piensa que tal posición la alcanzó en plena dictadura, junto con sus compañeras, mirándole directamente al rostro a los militares y diciéndoles: Queremos que nos devuelvan nuestros hijos y nuestros nietos, entonces su figura alcanza otros relieves, otra dimensión. Ella y sus compañeras vienen a ser un símbolo que resume, en la modernidad, esa figura del dolor que viene del fondo de los siglos, reiterada siempre, pocas veces tenida en cuenta: la mujer ante la pérdida de sus seres queridos por la violencia de las guerras y las confrontaciones políticas. Sólo que ahora no se quedaron en casa, quebradas y llorando su tristeza. Salieron a la calle a gritar, a exigir, a reclamar. Y de paso acuñaron una inédita forma de lucha y de resistencia. No era para menos. El botín también era inédito: bebés-trofeos apropiados y repartidos por los torturadores y asesinos de sus padres. Los militares ya no están en el gobierno, pero las Abuelas siguen: aún quedan por hallar cerca de 500 de esos nietos que llevan nombres y apellidos cambiados y viven en hogares donde no nacieron, que les ocultan su verdadera identidad.
En la sede de Abuelas de Plaza de Mayo, Corrientes 3284, Capital Federal, Estela Carlotto accedió a ser entrevistada para Culturas. Ese día los medios difundían con insistencia la noticia sobre la violación de Suárez Mason de la prisión domiciliaria a la que está condenado. La conversación, por momentos, era interrumpida por alguna llamada. Los medios más importantes del país  solicitaban de Estela alguna declaración.
“Este asesino está acusado de 39 asesinatos, entre ellos el de mi hija Laura Estela Carlotto. Juzgado y condenado en Italia en un juicio histórico a cadena perpetua con agravante. Acá en Argentina está preso por el robo sistemático de bebés. Miente, argumentando su abogado cosas que no tienen ningún asidero ni sostén, al hablar de que es una persecución de los medios contra los militares. Como si fueran ellos las víctimas. En realidad ellos victimizaron. Y seguimos victimizados hasta ahora, porque estamos buscando noticias de dónde están los 30 mil desaparecidos. Y buscamos los que quedaron con vida, alrededor de 500, estimamos las Abuelas que fueron los robados durante la dictadura”.
En estos largos años han logrado encontrar sólo 77 nietos. ¿Qué esperanzas tienen de hallar los restantes?
  La esperanza está en nuestras propias fuerzas. Tenemos ya el relevo, porque están nuestros hijos y los nietos que se han sumado. Y cuando ni una sola abuela exista para liderar esto, entonces estará en manos de ellos. Nuestra sangre está depositada en un banco, si los abuelos ya no están, bueno, va a estar la sangre esperando al nieto. En esa sangre va a encontrar a su familia, su identidad. Porque la lucha nuestra es por el derecho de nuestro nieto a ser él mismo, no otro. Ir a vivir con su familia o conocer su historia.
 Supongo que usted ha pensado más de una vez en su nieto, cómo será, qué nombre tendrá…
Yo tengo un nieto varón que nació el 26 de junio del 78, en el Hospital Militar Central, en Buenos Aires. Mi hija estaba secuestrada en un campo de concentración, en La Plata, que es la ciudad donde yo vivo. La trajeron a dar a luz y la devolvieron al campo de concentración solita. El bebé quedó y vino a buscarlo un civil, que se lo llevó con un destino que hasta ahora desconozco. Mi nieto tiene ya 25 años. Lo busco desde antes de nacer. Me retiré de ser directora de una escuela primaria para tener todo el tiempo posible. Este niño, hoy hombre, se llama Guido. Fue el nombre que le puso Laura, como su papá. No tendrá ese nombre seguramente, pero en el fondo es como que lo sabe. Lo busco en la calle, miro a los chicos y cada vez que escucho el nombre de Guido me altero. Pienso dónde estará: en alguna universidad, en algún trabajo, en algún lugar del país. Pienso en mi hija y lo encontraría parecido a ella, quizás con sus ojos, sus cabellos, su andar, su estatura. Parecido al padre tal vez, que también era un chico simpático, buenazo. Todo eso lo debe tener. Y bueno…, algún día, a lo mejor toca el timbre y dice: “Quiero saber quién soy”.
Seguramente existe un joven que tenga esas dudas, y sea su nieto…
 Exactamente. Todo es cuestión de suerte, es cuestión del destino, es cuestión de dios. Es cuestión de que un día se produzca el milagro. Si se ha producido en otras abuelas pienso por qué yo no voy a tener esa bendición de poder abrazarlo.
¿Cómo ha sido la relación de Abuelas con los diferentes gobiernos democráticos?
Nosotros festejamos a fines del 83 el advenimiento de un gobierno constitucional, como ciudadanas y como abuelas. Acompañamos cada gesto del presidente Alfonsín, en aquel entonces. Pero después, vimos que él no aprovechó la oportunidad histórica que se le dio por más que hubo un juicio histórico a los más altos jefes militares. Pedimos audiencia con él. Tardó tres años en recibirnos. Cuando vino Menem empezó peor, dejando en libertad a todos los que estaban detenidos por un proceso muy justo. Su decisión de indultar fue un agravio, un insulto a la sociedad argentina. Uno se sienta en un cine, en una confitería, en un lugar público, y no sabe si al lado de uno puede estar un asesino. Ahora está Kirchner. Un hombre que no sabíamos quién era. Y este hombre sureño, desconocido, fue una revelación. Empezó con firmeza para recomponer la justicia, las estructuras orgánicas. No aceptó en su gobierno a nadie involucrado en temas tan graves como la dictadura o la corrupción. Además, toma medidas drásticas, ejecuta, nos recibe, hay puertas abiertas, hay consultas…
¿No teme ser defraudada?
¡Y bueno! Ojalá que no. Pero si sucediera haría la misma crítica que le hice a todos. Que por ahí uno no comparta ciertas cosas, bueno, tampoco se le puede exigir lo que uno quiere siempre. Para salir defraudada, tendría que cometer un acto totalmente contrario al principio moral, y al compromiso ideológico con el que asumió. No nos olvidemos que él es de la generación de nuestros hijos. Por lo tanto, él y su gabinete tienen posibilidades de hacer, en otro contexto socio político, lo que querían hacer nuestros hijos: no ser un país dependiente…
El fascismo ha nacido y se ha desarrollado dentro de la sociedad capitalista. Y es, a su vez, la expresión más terrible de este sistema. ¿Está de acuerdo conmigo?
Totalmente.
¿Qué ideología entonces le opondría usted a la que hizo posible una dictadura que dejó como saldo 30 mil desaparecidos?
Yo le impondría la justicia social. La que postuló el socialismo, el justicialismo, en sus mejores épocas. Y es lo que querían nuestros hijos. Los militantes desaparecidos eran de diferentes extracciones: había del Partido Marxista Leninista; estaba el Partido Socialista, el Partido Comunista, estaban los gremios obreros, la parte de base de la iglesia católica, estaba el Partido Peronista, estaban todos en diferentes grupos, pero para lo mismo. Había un proyecto de cambio en el país, que era lo que me decía mi hija. ¿Y que es la justicia social? Que todos tengan dignidad en la vida. Que no existan muy, muy ricos, y tanta pobreza, tanta gente carenciada. El día que todos coman, que todos tengan casa, que todos sonrían y tengan felicidad, entonces vamos a tener democracia. Mi proyecto es oponer al fascismo, al imperialismo, la justicia social.
¿Qué opina usted sobre el hecho de que en Argentina mueran niños de hambre?
 Es un país enfermo que hay que sanarlo. No hay milagros de un día para el otro, hay toda una lucha. Yo he sido docente, y he enseñado lo que me decían que tenía que enseñar, sin cuestionarlo. Porque fuimos formados así. Lo que pasó en Argentina pasó en toda Latinoamérica, y viene de un proyecto de Estados Unidos con el asunto de la seguridad nacional. Formaron militares para la represión del enemigo interno. Y de paso la oligarquía entregó el país. Eso lo sabían nuestros hijos. Nosotros no: éramos otra generación de idiotas útiles. Criados en la aceptación de la historia sin cuestionarla. Fuimos argentinos consentidores de todas las políticas, de las dictaduras sucesivas influenciadas por los Estados Unidos.
Si a su hija no la hubieran asesinado ¿quién fuera hoy Estela Carlotto?
Yo tenía por cultura, por formación, por crianza, un proyecto de vida con códigos sociales chatos. Sabía que mi vida era la docencia por vocación. Y pensaba que el día que me jubile me quedaría en mi casa, con mis nietos. Algunas salidas, algunos gustos, y nada más. Eso era mi proyecto, el de una clase media burguesa. Mi marido era un pequeño comerciante, y yo era directora de escuela. No nos faltaba nada. Nosotros estábamos chatos, como idiotas útiles, formados en un sistema educativo que yo no cuestionaba. Pero criamos a los hijos con libertad, entonces ellos nos enseñaron a nosotros. Nos formaron en su filosofía de vida. Si Laura estuviera viva, yo no estaría en este triste trabajo. Pero estaría haciendo cosas. Siempre fui luchadora. No estaría en silencio, ni en mi casa en el sillón. Seguramente por mi carácter, mi forma de ser, estaría haciendo algo para el bien de todos.
Laura la hubiera arrastrado a usted…
 No arrastrarme a su política porque yo no soy Laura. Pero sí me enseñó, me formó, en cosas que yo tenía mal incorporadas. Para mí ser generosa era ir a una casa cuna a cuidar chiquitos huérfanos, o abandonados. Y ella me decía que quería un país donde no existieran las casas cunas. Porque el parche, el remiendo que yo pretendía, no sirve, hay que cambiar el sistema. Que no existan chicos abandonados por la pobreza de los padres.
Sin embargo, usted no es una persona ubicada en los extremos…
Yo no llamaría extremos, sino que fue una condición social simultánea en toda Latinoamérica donde hubo dictaduras y gente que guerreó. Mi hija no usaba armas, era montonera de prensa. Nuestros hijos fueron secuestrados en horas de dormir, en sus casas. No fue en una trinchera. Ella no tenía armas, tenía pensamiento, por eso era peligrosa.
¿Cuántos atentados sufrió usted?
Muchos, que no fueron importantes, como pintarme frente al negocio de mi marido cosas como “madre terrorista, Carlotto terrorista”. Pero el atentado que tuve en el 2002 fue para matarme. Mi marido ya había fallecido. En horas de la madrugada me balearon todo el frente de la casa y en el interior. Con armas de grueso calibre, armas de guerra. Me salvé porque tuve suerte. La vejez me salvó porque me levanté más lenta de la cama. Si me hubiera levantado más rápido me atraviesan las balas…
Usted decía que actuaba y pensaba debido a un tipo de educación que había recibido. ¿Se refería a la educación de la escuela, a la familiar, o ambas?
Todas incluidas. La más importante era la del hogar, y la de la escuela, que se complementaban. Y la sociedad que te rodea. Convivís con amigos, amigas: había códigos muy burgueses. Era como que no se podía transgredir las normas. Los divorcios no existían en mi época, todo estaba en fechas: bautismo, comunión, casamiento de blanco, hijos…
¿Qué cambiaría usted si tuviera que corregir la educación argentina?
Seguiría defendiendo el concepto de familia. Acá todavía no expulsamos a los viejos, o los descartamos, y tampoco a los adolescentes porque nos molestan, como en otros países “muy civilizados”. El argentino es muy solidario. Es un hombre que sabe dar. Quizás en las grandes urbes no se conoce la solidaridad. Sin embargo, en las ciudades chicas nos saludamos, nos conocemos y nos miramos a los ojos. Eso es lo que hay que seguir sosteniendo como argentinos. Y la fuerza de lucha. Una lucha en paz. Por cierto, ninguno de los padres de los desaparecidos ha dicho: voy a matar al que mató a mi hijo, o a mi hija, y buscó un arma y venganza. Sino más bien buscó recomponer esa historia para obtener la dignificación del hijo y no sea tildado de terrorista o mala persona. Mi hija tenía 23 años cuando la asesinaron. ¿Desde qué edad estaba militando? Eran héroes. Porque los vimos avanzar en su militancia y en la entrega del tiempo y de sus bienes, y el compartir con sus compañeros todo. Hasta la vida dieron, y a conciencia. No querían morir, pero sabían que les podía pasar. Eso es lo que uno tiene que defender: mantenerse como país, sin venganza, sin odio. Pero sí con una firme convicción de verdad, justicia y memoria, para que esa generación sea reivindicada. Al contrario de los Suárez Mason, que son los asesinos, los que robaron y se llenaron de dinero. Existen aún en la Argentina algunos Suárez Mason, pero son los menos.

 

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