Tenía apenas seis años cuando una madrugada de verano, mi madre me despertó porque había llegado el día. Partíamos en familia con destino al sur de Brasil. Mi padre era quien estaría al frente del timón de un Fiat 128, color gris. Nada malo podía sucedernos.
La meta final, conocer el mar.
Fueron dos largas jornadas de un periplo intenso; tanto como ver asomar el sol por las extensas llanuras de la pampa húmeda.
Después de viajar durante casi todo un día, cruzamos la frontera.
Sin decir nada, dejábamos atrás al país azotado por el miedo y la censura. Mis padres necesitaban descansar en un territorio vecino, que lograse cobijarnos con un rostro algo más humano. Nosotros, sus niños, disfrutábamos de los paisajes imponentes, poblados por una vegetación tupida donde hasta el idioma era matizado con música.
Avanzamos medio día más.
El olor a sal y la brisa húmeda fueron las primeras señales de su cercanía. Pero al divisar su presencia sobre los márgenes amplios de una playa de arena fina, casi a los gritos le pedimos a mi padre que detuviese el auto.
Lo hizo.
De manera atolondrada, salimos del Fiat y corrimos descalzos hasta los bordes de aquella masa de agua infinita. Los cinco sentidos no bastaron para abarcar tanta belleza. Ni siquiera la vista pudo con semejante magnitud, capaz de devolverle a cualquiera la dimensión exacta de un tamaño justo. Las olas bravas del Atlántico no cesaban de romper, blancas, majestuosas, una y otra vez.
El mar, inabarcable, delante mío, estaba ahí.
Sentí por entonces que era muy pequeña para poner en palabras ese torrente de emociones felices.
Me dejé llevar por la espuma suave de cada ola. Por el sabor a sal impregnado en mi piel. El roce acaracolado del viento húmedo. Sumergida, sin miedos, en los límites difusos de aquel primer horizonte color azul.

 

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