Max decía que el amor verdadero no se explica; de manera irremediable, se siente.
Hablaba bajo la convicción de haber experimentado ese extraño fenómeno en carne propia.

«Cuando dos personas se atraen de verdad —decía—, ocurre un fenómeno cuántico, casi inexplicable. Algo así como una teletransportación emocional.
Una suspensión de las variables del tiempo y espacio.
Un salto al vacío que nos ubica en el centro exacto del campo físico del otro.»

—Es el magnetismo —repetía—. Ése que pocas veces sucede, pero cuando aparece, arrastra sin pedir permiso. Aquel que se desborda por la atracción, aunque los seres aturdidos por la ansiedad o el miedo jamás alcancen a vivirlo, ni logran experimentarlo.

Según Max, las partículas de cada cuerpo atesoran una memoria sutil y, a la vez, muy poderosa.
Y cuando por fin, de manera misteriosa, las personas indicadas logran cruzarse —si la fuerza del deseo es suficiente—, los campos magnéticos se alinean, como suele ocurrir con los planetas.

No importa la distancia. Tampoco las dificultades del contexto. Algo en el universo se acomoda de tal modo que el encuentro se vuelve inevitable.

La energía de luna, testigo incansable de tantas noches, no hace más que iluminar ese movimiento único e incontrolable.
Bajo la luz plateada del cuarto creciente, se enciende la expectativa.
En la llena, el estallido.
En la menguante, el eco expectante de aquello que llega.
En la nueva, la aventura de soltarlo todo, para dar lugar a la incertidumbre de cada encuentro.

Max anotaba todo en un cuaderno pequeño, de tapas duras. Lleno de fórmulas intuitivas y frases como: “Nadie regresa igual del cuerpo que, con la mirada, nos abrió su alma.” O: “El deseo es la distancia entre aquello que se anhela y lo que ya se siente.”

Nadie le creía del todo cuando Max hablaba. Pero al escucharlo, en algún momento, todos necesitaban sentir que tenían razón.

Apuntes de Max, el loco
Precuela del libro Magnetismo, de Irina Morán

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