El mar en su sentido más salvaje y luminoso. El mar risueño y cálido. Bohemio y contemplativo. Esa masa de agua azul infinita que sólo encuentra algo de contención en los confines circulares de la tierra. Allí, en los bordes de la costa atlántica donde el sol despliega sus rayos para entibiar el gesto tácito de un buen día. O mejor aún, en las tardes húmedas del malecón, donde el salitre brumoso de las olas perfora las paredes de ese inmenso sillón, donde La Habana hace gala de su mejor rostro y jamás deja de mirarnos.

Tomás siempre será el mar. El océano que cobija la fertilidad de la tierra. Esa apuesta generosa de confiar en las esencias de la vida. Ese don para capturar la belleza de un instante en sus retinas, y luego condensar ese puñado de emociones dentro del rectángulo de una fotografía. Ese desborde que jamás podré describir en palabras. Ese gesto incesante, que al ritmo de las olas, no puede contenerse nunca. El segundo exacto que habilita el espacio necesario para el asombro. Y entonces, la luz blanca de su sonrisa.

Tomás siempre será el mar. Ese acto de arrojo que no se piensa ni se mezquina. Que jamás mide o especula. Esa irreverencia que avanza y rompe en cada costa. Que se siente sólo si se transita. Esa capacidad de pasar por todos los estados ánimos y volver a una aparente calma o monotonía. Esa incapacidad de aquietar las ansias, o quizás descansar de la energía permanente de la luna. Profundo y superficial. Como ese segundo fuera de tiempo donde se desencadena la risa. Expansivo por naturaleza. Incómodo ante la mediocridad. Disconforme frente a cada sutura que deja el paso de la vida.

Tomás siempre será el mar.
La nostalgia eterna y también fugaz de esa revolución del Caribe. La rebeldía de no seguir las reglas. La paleta a color de un mundo analógico, vestido en blanco y negro. El aroma a café de las mañanas. Los ojos verdes y la piel anfibia. La palabra poco obsecuente. La ternura ante la rabia. Las aventuras de un minotauro y la mirada eterna de su niña. Un portal abierto a otra galaxia. La construcción gramatical casi exquisita. La visión de un futuro imperfecto, escrito a mano y con letra cursiva.

Malecón Habanero. La Habana Cuba. Diciembre de 2003. Fotos: Tomás Barceló Cuesta.


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